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Jueves 17 de Enero del 2002

El macho
Por Héctor Marín

El campo mexicano es famoso por su fertilidad para poder sembrar prácticamente cualquier cosa: grandes y jugosos jitomates, ricos aguacates y un sinnúmero de productos que se exportan a diferentes partes del mundo.

El éxito de que el campo mexicano produzca tan enormes cantidades de alimentos que llegan a millones de hogares, está en que manos trabajadoras comienzan a labrarlo y trabajarlo desde temprano, poco antes de que el sol ilumine el horizonte.

La gran mayoría de esas manos trabajadoras son masculinas, preparadas para el trabajo rudo en el manejo de implementos necesarios para el cultivo y la ganadería.

Desde tiempos remotos, una realidad mexicana y latinoamericana en general, es que el papel de la mujer está relegado a realizar las labores del hogar y la atención de los hijos.

Reza un refrán revolucionario que “la mujer es como la escopeta, debe estar en un rincón y bien cargada (embarazada)”, tal es el valor que se le da a la mujer en muchas partes de la geografía mexicana en pleno siglo XXI.

En una ocasión, el pastor Valencia tuvo la oportunidad de visitar una ranchería y ahí conoció a Librado Arellano, hombre recio y malhablado, duro y altivo en su trato.

El pastor Valencia no quiso perder la oportunidad de predicarle el Evangelio de Jesucristo a don Librado, quien le contestó a pastor lo siguiente: “mire, pastor, aquí rige la ley del más fuerte y la verdad eso que usted me dice no me convence del todo, aunque debo reconocer que no suena mal. La puritita verdá, es que a mí nadie me va a cambiar, yo soy borracho, parrandero y jugador, me encantan las mujeres y andar con los amigos, qué le voy a hacer”.

Los días subsecuentes, el pastor Valencia predicó en una pequeña casa donde se celebraban cultos evangélicos los domingos y ahí conoció a la esposa de Librado, quien dijo haber ido a escondidas sólo un rato pues a su marido no le gustaba que dejara sola la casa, so pena de golpearla si la encontraba afuera. Era una mujer joven, aunque su aspecto denotaba más edad de la que realmente tenía. Sus ojos y boca mostraban huellas de los golpes que Librado le propinaba cuando llegaba ebrio reclamando ser atendido. De los vecinos era conocido aquel grito de Librado cuando llegaba dando tumbos a su casa a deshoras de la madrugada con huellas de lápiz labial en la camisa: “vieja, sírveme la cena, apúrate antes de que te levante a golpes”.

Así se habían ido los mejores años de la pobre mujer, quien al terminar el culto había confirmado su fe en Jesucristo como su salvador junto con su hijo de 10 años. Su hijo mayor, de 12, había muerto en una riña y su hija de 13 había abandonado el hogar raptada por su novio.

Beatriz, nombre de la esposa de Librado, le dijo al pastor Valencia: “ predíquele el evangelio a mi esposo, por favor, yo sé que en el fondo él es un hombre bueno”. El pastor accedió y aunque tenía que ir a otra parte, se levantó muy de mañana para ver a Librado antes de que éste iniciara sus labores. Librado estaba afilando un machete y el pastor le pidió tan sólo unos minutos de su atención.

“Pastor, ya hable con usted y ¿le digo una cosa? Creo que es cierto lo que usted me contó acerca de que Jesucristo vino a redimir al mundo con su sangre, pero eso significa dejar de ser como soy. ¿Qué van a decir mis amigos si ven que me empiezo a congregar los domingos? ¿Qué van a decir de mí todos cuando vean que ya no voy a la cantina? Eso me tiene muy preocupado, pastor. No sé cómo echar atrás todo lo que me enseñaron mis padres, yo tengo mi religión, pero bueno, usted ya cumplió su misión de decirme lo que me tenía que decir. Por lo pronto, le prometo que voy a tratar de ya no pegarle a mi mujer y espero que para la otra que usted venga, ya esté yo yendo a las reuniones bíblicas y esas cosas, si no, que me lleve el diablo, palabra de macho”.

El pastor tuvo que irse ante la incertidumbre en las palabras de Librado, pero confiaba en que el buen testimonio de su esposa lo haría cambiar.

Al día siguiente, Librado se encaminó al monte, era mediodía y sin embargo no había tomado ni una gota de aguardiente, esperaba regresar un poco más tarde para comer frijoles y tortillas con su mujer e hijo y quizá pasar la tarde con ellos.

De pronto, en el camino, apareció una culebra que espantó al caballo, ocasionando que Librado cayera bruscamente golpeándose en la cabeza y muriendo de forma instantánea. Un lugareño comenta que mientras Librado caía, sólo alcanzó a decir estas palabras: “me lleva el diablo”, y como atinadamente relata el pastor Valencia, se lo llevó.

Confiesa tu fe en el hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, quien por medio de su sangre, vino para darte vida eterna y un lugar en el cielo asegurado. Si no es así, y quieres seguir el camino de Librado, sólo quiero decirte cuál es el futuro que les espera a quienes persisten en andar en sus pecados:

41 "Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad,
42 y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes”. (Mateo 13:41-42).

Toma en cuenta esta palabra, no sea que mañana sea demasiado tarde.

Dios te bendiga.


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