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Miércoles 5 de Diciembre del 2001

¡Yo estoy contigo!
Por Héctor Marín

Ariadna platica que su papá tiene 80 años de edad, es un hombre que encontraba en el deporte, en la convivencia con sus vecinos, una razón para estar contento. Había formado una familia y todos sus hijos tenían ya una carrera, ya todos casados y con muchos sueños por realizar.

Comenta que las cosas comenzaron a funcionar mal cuando a su padre se le diagnosticó un problema cardíaco, nada que no se pudiera solucionar, siempre y cuando don Antonio (su padre) siguiera las recomendaciones médicas.

Día tras día comenzó a convertirse en un suplicio para don Antonio. Al llegar la noche, pensamientos de muerte pasaban por su cabeza:

¿Y si me muero estando dormido?", "¿Y si me da un ataque mientras me estoy bañando?" ; "Ya no voy a poder salir a la calle, cualquier día le avisan a mi familia que vayan a recoger mi cadáver".

Comenzaron los enojos entre los padres de Ariadna por la mala actitud de don Antonio, lo que los llevó a dormir en recámaras separadas, mientras que el carácter del anciano se volvía cada vez más agrio.

A la sazón, en uno de los chequeos médicos, don Antonio refunfuñaba pues le parecía estúpido ir a dichas revisiones, si de todas maneras cualquier día se iba a caer muerto.

La enfermera que lo estaba pesando, le dijo: "yo estoy contigo". A lo que don Antonio, con ceño fruncido, contestó: "¿usted está conmigo?". La respuesta que recibió fue "bueno, don Antonio, yo estoy con usted, pero hay Alguien más poderoso a quien usted no le está haciendo caso, que está con usted siempre. Ese alguien es Dios, ¿lo sabía?" La enfermera citó entonces Isaías 41:10 que dice:

No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.

La enfermera agregó: "Sé que usted tiene miedo a morir, pero ese temor no le está permitiendo vivir, cada vez que viene lo veo molesto, apático. Sé que la rutina médica no le agrada, pero es necesaria para poder hacer llevadera su enfermedad, pero usted está complicando las cosas".

Don Antonio, de pronto, le dijo a la enfermera: "señorita, mi familia no tiene por qué pasar estas cosas, no tienen por qué acompañarme, de todas formas me voy a morir, me molesta que me traten como a un enfermo, me molesta que la gente tenga lástima de mí".

"¿Sabe usted lo que dice, don Antonio?, su familia lo ama y por eso vienen con usted. Acepte la realidad, usted está enfermo y necesita ayuda, pero no sólo la que va a encontrar en esta clínica, sino la del Médico de médicos", recibió como respuesta.

La enfermera tuvo que retirarse, pues el médico ya estaba ahí y examinó a su paciente.

Al salir de la clínica, don Antonio estaba callado y pensaba sobre lo que la enfermera le había dicho.

Comenzaba a reconocer que su problema físico lo estaba llevando a afectar también su vida familiar, pero no sólo eso era lo que reconocía, sino que había echado de lado a Dios.

Tres días después, llamó a la clínica, pidió hablar con la enfermera y le comentó sobre lo que había estado pensando, le pidió le diera la cita bíblica que le había dicho el otro día, la anotó y fue después al librero a buscar la Biblia que había estado guardada ahí por años.

Tuvo que ayudarse de una lupa y a su siguiente visita, la enfermera le preguntó si había encontrado el texto. "Sí, señorita. ¿Sabe? No sé si es porque estoy viejo y enfermo, pero quisiera aprender un poco más de la Biblia, después de todo, creo que Dios debe tener algo que decirme, supongo".

La enfermera lo puso en contacto con los misioneros de su congregación, quienes comenzaron a visitarlo para estudiar la Palabra de Dios. Al principio estudiaba solamente él, pero la curiosidad hizo que su esposa también se integrara a los estudios, y con el paso del tiempo han ido progresando más en el conocimiento de nuestro Sustentador y Padre.

Las cosas han cambiado desde entonces. Don Antonio sale por las mañanas a comprar el periódico, se desayuna, sale un rato a caminar, y al regresar lee con su esposa una porción de las Escrituras. Ambos duermen nuevamente juntos y cuando don Antonio piensa en el momento de partir, sabe que nuestro Salvador no se separará de él, ni de su familia, pues ahora sabe que El está con nosotros.


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