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Domingo 11 de Noviembre del 2001

Cuando odiamos a quienes amamos
Por Héctor Marín

Muchas veces, sin darnos cuenta, nuestros sentimientos de amor se tornan en sentimientos de odio hacia nuestros seres queridos.

La señora Sanchez, una mujer madura, le platicaba a su amiga acerca de cómo su vida había sido "una verdadera pérdida de tiempo". Alegaba que se había casado muy joven, y había tenido cuatro hijos. Acostumbrada a los lujos y comodidades, gracias a que su esposo era un exitoso médico, nunca había carecido de ningún bien material.

Sus hijos crecieron y se casaron, ella volvió a estar sola con su marido, pero él casi no le prestaba atención; su trabajo en el hospital era muy demandante y además acudía constantemente a conferencias y simposios, por lo que cuando estaba en casa, no tenía ánimo para invitarla a salir o por lo menos ver una película juntos en casa.

La señora tomó la decisión de tomar clases de  pintura por las tardes, y se lo hizo saber a su marido, quien en tono de burla le dijo que era un disparate, que esa era una actividad para gente joven y no para una mujer de 50 años, lo que la hizo desistir.

Con el paso del tiempo, la señora pensó que siempre había trabajado para los demás descuidando su propia vida, sus hijos tenían ya sus propias familias y carreras y su esposo tenía éxito profesional mientras ella veía diariamente las huellas del tiempo en su rostro diariamente. Inconscientemente ese sentimiento se fue transformando en odio.

Un día, ocupada en los quehaceres de la casa, recibió una llamada. Le informaron que su esposo había sufrido un accidente que lo tuvo al borde de la muerte. La recuperación tomó mucho tiempo, fueron meses enteros en que tuvo que cuidar de su marido.

El dinero nunca faltó, el seguro con el que contaba su esposo era suficiente para poderse mantener durante por lo menos un año, pero la mujer decía: "¿por qué me tiene que pasar esto?", había ocasiones en las que habría deseado la muerte de su esposo; sabía que era un sentimiento malsano, pero lo veía como una fantasía para "poder ser libre y no tener que preocuparse por nada o por nadie".

En alguna ocasión, una visita que fue a ver si no se les ofrecía algo, dejó una bolsa olvidada, la señora Sanchez  vio el contenido y era un libro, una Biblia. Nunca la había leído y sólo recordaba que en su casa paterna había una guardada en un librero.

Su esposo dormía y ella leyó la historia de cómo Dios se hizo hombre y ofrendó su vida para darnos la vida eterna. En su corazón había una serie de sentimientos encontrados, pues recordó que ella pensaba que había sacrificado años de su vida por su familia, pero al ver cómo Jesucristo había dado su vida entera por nosotros, pensó: "¡qué egoísta he sido!" y rompió en llanto.

Su esposo despertó y le preguntó qué le pasaba, ella le habló de los sentimientos que había albergado y le pidió perdón, él también reconoció que había desestimado por mucho todo lo que ella había hecho por la familia y releyeron juntos los pasajes bíblicos.

Sentados en la cama, oraron al Todopoderoso y le pidieron que fuera el Señor de sus vidas.    Poco después, el doctor Sanchez era dado de alta, apenas se recuperó, dio menos importancia a las cuestiones de trabajo, sin descuidarlas y se dedicó a pasar más tiempo con su esposa.

La señora Sanchez en sus ratos libres toma clases de pintura en una academia y ambos comenzaron a acudir a una iglesia donde han aprendido más acerca de nuestro Señor Jesucristo; incluso, sus hijos, al verlos tan motivados, comenzaron a acompañarlos a la iglesia y junto con sus familias han afirmado su fe en Cristo como su Salvador personal.

El poder divino transforma nuestra vida entera, física y mentalmente. Recordemos lo que nos dice Jesucristo en Mateo 11:28: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados y yo os haré descansar".

Dejemos que Jesucristo sea el Señor de nuestras vidas.


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