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El Salvador, 13 de Enero del 2003

El trabajo. ¿Bendición o maldición?

Saludos a todos, queridos hermanos lectores de esta sección; quiero disculparme pues me he ausentado unas semanas en mi responsabilidad de escribir semanalmente. Creo que las ocupaciones de fin de año y el inicio de algunos proyectos eclesiásticos y laborales me ha tomado la mayor parte de mi tiempo.

Creo que muchos, ahora que ha hincado el año, estamos llenos de más trabajo por diferentes circunstancias, y eso me llevó a escribir precisamente este artículo y a reflexionar un poco sobre nuestra actitud frente al trabajo (entiéndase trabajo, no sólo lo laboral donde normalmente recibimos un salario).

La influencia del humanismo que ha plagado a la Iglesia cristiana nos ha llevado en muchas ocasiones a tener una visión del trabajo mas humanista que Cristiana.

Toda ética de trabajo es un reflejo del dios al que adora una sociedad. Por ejemplo, en la sociedad griega se miraba el trabajo como algo degradante, como una carga, por lo tanto el trabajo más pesado debía ser realizado por el esclavo o por el que estaba fuera de la ley. El griego quería imitar a sus dioses, quienes estaban libres de trabajo, y llenos de placeres carnales. Esta visión esta siendo resucitada por los humanistas modernos quienes están tirando por el suelo el concepto de la Dignidad del trabajo y se motiva cada vez más a disfrutar de placeres por un mínimo esfuerzo pues el trabajo es denigrante, es una CARGA SIN DIGNIDAD.

¿Cuál es el concepto Cristiano del trabajo?

Primero tenemos que reflexionar sobre el Dios del cristianismo. Nuestro Dios es un Dios que trabaja; es un Dios que trabaja desde antes dela fundación del mundo, trabajó en la creación; es más, la Trinidad es un ejemplo de laboriosidad. El doctor Thomas Schirrmacher en su libro Dios quiere que tú aprendas, trabajes y ames dice lo siguiente: "Las personas de la Trinidad trabajan con y para cada uno".

El trabajo, contrario a la mentalidad de muchos cristianos modernos, no es la maldición por el pecado, pues es evidente en la narración del Génesis que el trabajo estaba presente desde el principio. Cuando Dios dio a Adán el mandato de sojuzgar (dominar) la tierra, era el mandato de trabajarla. Génesis 2:15 dice: Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase. El edén no era tierra imaginaria de vida cómoda y lujosa, era tierra que se tenía que trabajar. En el Cristianismo, el trabajo no es una maldición.

Los resultados del pecado no son el trabajo en sí, sino la desproporción del mismo; son la fatiga y el dolor que no son proporcionales al rendimiento. Génesis 3:17-19 dice: Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás. El trabajo del ser humano está lleno de dignidad y Dios mismo pide al hombre reposo de la obra que realiza dignamente. Éxodo 20:9-11 dice: Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó.

Debemos ser un reflejo de nuestro Dios que trabaja con dignidad y reposa de la obra que realiza.

Que este año miremos el trabajo como un reflejo de la semejanza de Dios en nosotros y rescatemos entre los nuestros la dignidad del trabajo.

Feliz 2003, que sea lleno de trabajo que dignifique nuestra vida y nuestro hogar.

Fiel al Rey y a su Ley,
Rafael Iraheta.